miércoles, septiembre 29, 2004

De la Hemeroteca literaria
Estos textos no necesitan presentación, sólo basta decir que los transcribo del suplemento sábado número 329 del periódico unomásuno del 18 de febrero de 1984. ¿Qué numeración les darían ustedes? ¿Cuál Cortázar? ¿Del lado de allá, Del lado de acá, De otros lados?

Rayuela de Cortázar

Dos capítulos no incluidos

En diciembre de 1983, firmado por Julio Cortázar y Ana María Barrenechea, apareció en Buenos Aires con el sello de Sudamericana el libro Cuaderno de Bitácora de «Rayuela», en que se dieron a conocer estos dos textos.

Meditaciones sobre determinismo/libre albedrío

Para Oliveira había algo de particularmente repugnante en la ambigüedad de toda elección con referencia al presente y al futuro. ¿De qué podía valerle decidir algo, con plena conciencia de hacerlo libremente, si para un punto de vista futuro su elección sería casi seguramente una fatalidad? Pensaba en esto mientras leía un estudio sobre Botticcelli, donde el autor examinaba tendencias y obras de los artistas del Cuatrocientos, situándolas en una perspectiva que revelaba las influencias, las repercusiones, los rechazos y los descubrimientos. Imaginaba a un Botticcelli, a un Fra Angelico, sobre todo al Angelico pintando las celdas de San Marco feliz y despreocupado, seguro de su verdad, inscribiendo las claras cabezas de sus santos y sus ángeles en esas formas predilectas de su espíritu, el óvalo y el huso y el dulcísimo azul y los oros de bienaventuranza, por completo ajeno a que en una monografía escrita siglos más tarde y publicada por la conjunción de un erudito italiano y un impresor suizo, se diría que él, el frailecito florentino, no podía aceptar la perspectiva como estructura racional de la realidad, y que impondría por tanto la luz al espacio, es decir la obra divina a la mera categoría del entendimiento. Leyendo el informadísimo estudio, Filippo Lippi hubiera podido enterarse por su parte de que en su obra había tratado de hallar una solución de compromiso a la antítesis que oponía la concepción de Masaccio a la del Angélico, del mismo modo que Oliveira, leyendo una hipotética biografía que alguien hubiera podido escribir sobre él en el segundo milenario, se hubiera enterado de que su vuelta a la Argentina estaba minuciosamente sentada y fundamentada desde antes de que él pensara en comprar el pasaje de ida. No por una concatenación determinista, visible en la totalidad de una vida como es visible una cadena de montañas desde un avión; más sutilmente, por un drama de tensiones, relajaciones, opciones y renuncias que, como en los juegos de los cafés donde una bola metálica cae golpeando sucesivamente los topes que acreditan un puntaje, acepta un coeficiente de libertad y de intervención personal, sin por ello perder su dibujo fatal, su inevitable precipitación en el resultado último, inconcebible para el jugador mientras juega y para el pintor mientras pinta.

Vagabundeos por el puente de Avenida San Martín

No todo el mundo conoce el puente de la Avenida San Martín, no todos han estado ahí. Los que lo cruzaron en tranvía no lo conocen, los que lo cruzan en trolebús no lo conocen. Tu n'as: rien vu d'Hiroshima. Los que lo cruzan en colectivo no lo conocen, los que lo cruzan en taxi no lo conocen. Tu n'as rien vu d'Hiroshima. Los que van con una mujer a la amueblada al lado del puente puede que ya lo conozcan un poco, porque es un sitio para caminarlo con mujeres, para andar por las calles laterales mientras el lomo del puente va subiendo más y más como un deseo de piedra y asfalto. Y por debajo de la panza del dinosaurio resbalan aullando los trenes del Pacífico, todo el vino de Mendoza y de San Juan pasa por debajo de la panza del puente, y al lado del río de vino hacen el amor hombres y mujeres en una amueblada de persianas tan cerradas como el lomo del puente, como las caras de los que miran desde la ventanilla del 86 que sube chirriando, y nadie sabe nada del puente, del vino y del amor, en esa zona de piedra y de trenes nadie sabe nada de Hiroshima ni del puente.
En verano, a las dos de la mañana, no te aconsejo que te metas en las calles del puente, ni del lado de La Paternal ni del lado de Villa del Parque. Hay luz, pero es una luz en el vacío, un abandono del que bruscamente puede nacer el golpe de furca, la zancadilla y el fierrito en las costillas. No es que pase nada, cualquiera puede irse por ahí, o por los pasos a nivel a lo largo de las vías del Pacífico, en realidad casi nunca pasa nada, pero la zona está como hueca, dejada, disponible; vos echás a vagar y en cada esquina vacía te podés meter en alguna sopa espesa, o encontrarte en el suelo alguna cola que desde ese momento te llevará andá a saber adónde. No te imaginás la diferencia si en vez de entrar por las calles de abajo empezás a trepar el puente, lo vas caminando despacio hasta lo alto de las vías, con los árboles del hospital y de la Agronomía en el fondo, con las luces de los trenes llenos de vino y de gente dormida. Ahí arriba es el panorama, un cielo abierto con nubes rojizas de verano, y el dibujo mercurial de las vías entre charcos de sombra; un Buenos Aires que empieza a adelgazarse despacio, a querer irse al campo, aunque falta todavía tanto para salir a lo abierto. Y desde lo alto del puente respirarás mejor y el cigarrillo será sabroso, y no te costará nada bajar por el otro lado y ver perderse en el fondo la Avenida San Martín llena de jardines y de árboles. Habrás tenido la vista privilegiada, habrás abarcado el cruce de las dos salidas elementales, las vías brillantes hacia los Andes y hacia el río, el pulso mal equilibrado del país. En cambio si echás a andar por las calles de abajo, andá a saber lo que te puede pasar y si no te valdría más quedarte entre la gente, del lado de los billares y las ensaimadas.Por esa razón, algunos eligen las calles de abajo después de medianoche, y no le piden nada a nadie, sencillamente se van andando por ahí y los tiene sin cuidado el panorama de arriba. Buscan como siempre un pasaje, y al llegar a las esquinas se quedan un rato indecisos como si esperaran una orientación que vendrá por capricho o no vendrá, y que acatarán o desobedecerán, hasta acabar de boca contra el paredón de una cortada, o ganándose el pavor de una bailarina que vuelve tarde del centro y sabe de casos. A fines de aquel verano, sin querer salir más con los amigos, Oliveira se largaba solo cuando no estaba de guardia en la clínica, y alguna vez llegó hasta el puente, se puso como a olfatearlo desconfiado, subió ocho o diez metros por la vereda de la izquierda viniendo del centro, pero no tardó en desandar camino y meterse por la calle de abajo donde parecía que fuera todavía más tarde e hiciera más calor. A esa hora se permitía despectivamente algunos fantaseos inspirados en La edad de oro, y toda calle desconocida, cuanto más angosta y solitaria mejor, le abría una esperanza de desembocar en algún territorio insólito, digamos Baltimore o la Place Monge.

jueves, septiembre 16, 2004

De la hemeroteca literaria

A manera de presentación:
Hace muchos años, tal vez en 1978 o 79, descubrí la música de Astor Piazzolla (11 de marzo de 1921 ? 4 de julio de 1992). En ese entonces aún existían los discos de acetato o long play. Compré algunos, los escuché y me gustaron, pero seguí prefiriendo el tango tradicional, aquel que desgarraba mi alma con su música y sus letras, era un hombre joven, y sin embargo, no terminaba de aceptar a Piazzolla. Hoy me parece un músico excepcional, que revitalizó al tango sin haberle quitado su esencia: el bandoneón.
Hoy compartó una entrevista a Piazzolla, publicada en sábado 140, suplemento cultural de unomásuno del 12 de julio de 1980.
Astor Piazzolla:

"Mi meta es asombrarme con mi música?*

Entrevista de Antonio Marimón

Astor Piazzolla, nacido hace 59 años en Mar del Plata, Argentina, es -en un sentido- la antítesis de Pugliese. Todo su discurso se desarrolla en primera persona, en clave de "yo". Presuntuosamente afirma: "Mi música es Piazzolla y es Buenos Aires". Incluso, piensa que difícilmente se puede efectuar hoy una representación fílmica de Buenos Aires sin su música. Olvida que la ciudad es múltiple, y que un acorde de Troilo, un fragmento de Goyeneche, dos versos dichos por Ángel Vargas y D'Agostino, son otros tantos niveles de la ciudad. Y que la ciudad, diría Borges, es inabarcable.

Piazzolla se ha tomado en serio el arquetipo que muchos han fabricado de su figura. Y es comprensible. Nadie puede negarle ser él músico más importante de la corriente vanguardista del tango generada después de 1955; nadie puede discutir la firmeza de sus convicciones, y el hecho de haber peleado por ellas, en situación de desventaja -satanizado por casi todo el ambiente del tango y buena parte del público- durante las décadas del 50 y el 60. Es imposible negar sus composiciones, como Nuestro Tiempo, Adiós nonino, Verano Porteño y muchas más.
Por otro lado, en su vida flota la leyenda; cuando era un niño acompañó a Gardel, tocando el bandoneón, en la ciudad de Nueva York; cuando tenía 18 años hacía arreglos para la orquesta de Aníbal Troilo; éste al morir, en 1975, le legó su bandoneón más querido. Es indiscutible, asimismo, que se trata de un bandeonista virtuoso, un intérprete excepcional, Si entre la personalidad de un artista y la obra suele dibujarse una discontinuidad que es comprobable en infinidad de ejemplos, el de Piazzolla sería un caso más. Y es su música, en definitiva, lo que interesa.

¿Qué busca usted con su música?

Piazzola: Yo creo que sorprenderme. Desde el primer momento en que hice un arreglo para Troilo, mi meta fue asombrarme con mi trabajo, Me gusta enormemente asombrarme; creo que, como los arqueólogos, cuando yo descubro un acorde soy el tipo más feliz de la tierra. Así me sucede hoy, y así me pasaba hace veinte años.
Antes quizás me asombraba con dos notas, después con quince notas y ahora con una composición entera. Para mí el círculo perfecto no existe, todas las posibilidades están siempre abiertas. Me siento feliz cuando escribo o cuando toco y me gusta todo lo bueno: Stravinsky, Milton Nascimento, Bela Bartok, etcétera, etcétera. Un mediocre, ése sí no me interesa.
¿Cuál es la base de su trabajo?

Piazzolla: Yo creo que uno está en permanente estudio. Hay libros, discos, pasan cosas nuevas constantemente en el mundo, Existe la música concreta, la aleatoria, la abstracta como la pintura, y tenés el deber de informarte. No es cuestión de sentirse atrasado. El próximo siglo nos juzgará. A mí me emociona cada día más oír un Bartok, un Hindemit; no me emocionan los sintetizadores. Antes que a ellos prefiero escuchar una orquesta de jazz de los años 50; esas orquestas tenían grandes arreglistas. Me emociona la buena música, eso me emociona, y de ese impulso y del estudio surge buena parte de mi propia música.
¿Qué es el bandoneón para el tango, por qué el bandoneón es su instrumento?
Piazzolla: No tener bandoneón en el tango es como hacer jazz con una orquesta de cuerdas. El bandoneón es sinónimo de tango. Mirá, los alemanes inventaron el bandoneón en un momento dado, yo creo que en parte para reemplazar al armonio. Pienso que por ese origen, aunque parezca sacrílego lo que te digo, sacrílego tanto para la Iglesia como para el tango, el bandoneón es un instrumento que guarda cierto olor a misa, a incienso, a una cosa diferente y sagrada.
Si tocás a Bach en bandoneón, te darás cuenta de que suena como pequeño órgano. Y el tango recupera, a su manera, una parte de ese misticismo. Por eso se dice, y se dice bien, que al buen tango en Argentina se lo escucha en un silencio de misa. No se mueve una mosca, nadie levanta una copa, es como un acto sagrado.
¿Cómo empezaste con tu idea de un tango experimental?
Piazzolla: Bueno, en 1955 en Argentina se cae todo, Lo echaron a Perón y, en cierto modo, musicalmente se fue a la mierda todo. Hasta entonces, en el radio o en las empresas de discos la música nacional estaba más o menos protegida. Pero desde la caída de Perón no.
Entran como un aluvión las cosas foráneas; viene Presley, vienen los boleros, viene todo lo de afuera. Y yo me resuelvo a crear mi propio octeto cuando regreso de París. Como ya lo he contado muchas veces, en 1959 llegamos a tocar en la Universidad de Buenos Aires. El público universitario fue nuestro primer público, pero, claro está, el asunto no era realmente un negocio. Nosotros queríamos hacer música, pero murió el octeto porque en Buenos Aires no teníamos trabajo.
La empresa Music Hall hasta nos robó los royalties. Nos estafaron. Y eso que en ese octeto estabán Franchini, Stampone, Bragato, Federico... los mejores músicos de Buenos Aires, Pero, como digo yo, los gerentes de grabadoras pasan y los discos quedan, por suerte.
¿Hay influencia en tu música, hay algo especial que incorpores?
Piazzolla: Yo no incorporo nada. Es decir, yo incorporo mi ser en mi música, pero lo que doy es mío. Mi música es Piazzolla, es Buenos Aires. Dejemos el falso orgullo aparte, pero así se reconoce. Y para imitarme a mí no se trata de repetir dos acordes, hay que empezar a estudiar.
¿Cómo es tu relación con los cantores?
Piazzolla: Yo trabajo con los cantores según la época. Hasta hace poco cantó con nosotros una muchacha llamada Teresa Parodi. Nadie la conocía en Buenos Aires, a mí me gustó su estilo, su personalidad, y preparé cuatro o cinco temas para ella.
Hay mucha gente en Argentina que trabaja en la música o en el tango, pero no tienen cómo y dónde hacerse conocer. Esta muchacha cantó con nosotros y gustó muchísimo. Pero ahora en el quinteto dijimos: ¡basta de canto, el canto no corre más, al menos por ahora! El año pasado nos aconsejaron que si veníamos a México trajéramos canto.
Yo lo analicé mucho y creo que Balada para un loco, por ejemplo, está muy bien pero es el nivel cuatro; mientras que el quinteto es el nivel diez. Y como siempre me he jugado la vida por el camino instrumental, sigo así.
¿Qué perspectivas ofrece la Argentina actual a los músicos?
Como siempre, la gente se queja. Son las mismas palabras que escuchábamos en los años 40: falta trabajo, faltan lugares para hacer música. Y bueno, yo siempre fui pobre. Nunca tuve un auto, y cuando lo tuve fue porque se murió mi viejo y me lo dejó de herencia.
Sí, está difícil la situación según la cantidad. Sí tenés un grupo chico, un trío, un cuarteto, hasta un sexteto, te va más o menos bien. En los pequeños lugares las cosas caminan bien. Pero de las Típicas tradicionales, la única que se mantiene es la de Pugliese.
Claro que él tiene una cooperativa, y eso cambia un poco las condiciones. Yo también siempre tuve cooperativa, nunca fui patrón. Sin que entre en esto la política, yo no soy comunista, pero siempre respeto al hombre que trabaja conmigo. Eso de que yo voy a un hotel de cinco estrellas y los músicos a uno de tres estrellas no rige conmigo. Yo le digo claramente a los empresarios: Piazzolla va adonde van los músicos. Y en nuestro trabajo musical es igual: todo lo analizamos en conjunto, lo que conversamos entre todos, cada uno pone su parte.
*Tomada de sábado 140 del unomásuno del12 de julio de 1980


 
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