De la Hemeroteca literaria
Estos textos no necesitan presentación, sólo basta decir que los transcribo del suplemento sábado número 329 del periódico unomásuno del 18 de febrero de 1984. ¿Qué numeración les darían ustedes? ¿Cuál Cortázar? ¿Del lado de allá, Del lado de acá, De otros lados?
Rayuela de Cortázar
Dos capítulos no incluidos
En diciembre de 1983, firmado por Julio Cortázar y Ana María Barrenechea, apareció en Buenos Aires con el sello de Sudamericana el libro Cuaderno de Bitácora de «Rayuela», en que se dieron a conocer estos dos textos.
Meditaciones sobre determinismo/libre albedrío
Para Oliveira había algo de particularmente repugnante en la ambigüedad de toda elección con referencia al presente y al futuro. ¿De qué podía valerle decidir algo, con plena conciencia de hacerlo libremente, si para un punto de vista futuro su elección sería casi seguramente una fatalidad? Pensaba en esto mientras leía un estudio sobre Botticcelli, donde el autor examinaba tendencias y obras de los artistas del Cuatrocientos, situándolas en una perspectiva que revelaba las influencias, las repercusiones, los rechazos y los descubrimientos. Imaginaba a un Botticcelli, a un Fra Angelico, sobre todo al Angelico pintando las celdas de San Marco feliz y despreocupado, seguro de su verdad, inscribiendo las claras cabezas de sus santos y sus ángeles en esas formas predilectas de su espíritu, el óvalo y el huso y el dulcísimo azul y los oros de bienaventuranza, por completo ajeno a que en una monografía escrita siglos más tarde y publicada por la conjunción de un erudito italiano y un impresor suizo, se diría que él, el frailecito florentino, no podía aceptar la perspectiva como estructura racional de la realidad, y que impondría por tanto la luz al espacio, es decir la obra divina a la mera categoría del entendimiento. Leyendo el informadísimo estudio, Filippo Lippi hubiera podido enterarse por su parte de que en su obra había tratado de hallar una solución de compromiso a la antítesis que oponía la concepción de Masaccio a la del Angélico, del mismo modo que Oliveira, leyendo una hipotética biografía que alguien hubiera podido escribir sobre él en el segundo milenario, se hubiera enterado de que su vuelta a la Argentina estaba minuciosamente sentada y fundamentada desde antes de que él pensara en comprar el pasaje de ida. No por una concatenación determinista, visible en la totalidad de una vida como es visible una cadena de montañas desde un avión; más sutilmente, por un drama de tensiones, relajaciones, opciones y renuncias que, como en los juegos de los cafés donde una bola metálica cae golpeando sucesivamente los topes que acreditan un puntaje, acepta un coeficiente de libertad y de intervención personal, sin por ello perder su dibujo fatal, su inevitable precipitación en el resultado último, inconcebible para el jugador mientras juega y para el pintor mientras pinta.
Vagabundeos por el puente de Avenida San Martín
No todo el mundo conoce el puente de la Avenida San Martín, no todos han estado ahí. Los que lo cruzaron en tranvía no lo conocen, los que lo cruzan en trolebús no lo conocen. Tu n'as: rien vu d'Hiroshima. Los que lo cruzan en colectivo no lo conocen, los que lo cruzan en taxi no lo conocen. Tu n'as rien vu d'Hiroshima. Los que van con una mujer a la amueblada al lado del puente puede que ya lo conozcan un poco, porque es un sitio para caminarlo con mujeres, para andar por las calles laterales mientras el lomo del puente va subiendo más y más como un deseo de piedra y asfalto. Y por debajo de la panza del dinosaurio resbalan aullando los trenes del Pacífico, todo el vino de Mendoza y de San Juan pasa por debajo de la panza del puente, y al lado del río de vino hacen el amor hombres y mujeres en una amueblada de persianas tan cerradas como el lomo del puente, como las caras de los que miran desde la ventanilla del 86 que sube chirriando, y nadie sabe nada del puente, del vino y del amor, en esa zona de piedra y de trenes nadie sabe nada de Hiroshima ni del puente.
En verano, a las dos de la mañana, no te aconsejo que te metas en las calles del puente, ni del lado de La Paternal ni del lado de Villa del Parque. Hay luz, pero es una luz en el vacío, un abandono del que bruscamente puede nacer el golpe de furca, la zancadilla y el fierrito en las costillas. No es que pase nada, cualquiera puede irse por ahí, o por los pasos a nivel a lo largo de las vías del Pacífico, en realidad casi nunca pasa nada, pero la zona está como hueca, dejada, disponible; vos echás a vagar y en cada esquina vacía te podés meter en alguna sopa espesa, o encontrarte en el suelo alguna cola que desde ese momento te llevará andá a saber adónde. No te imaginás la diferencia si en vez de entrar por las calles de abajo empezás a trepar el puente, lo vas caminando despacio hasta lo alto de las vías, con los árboles del hospital y de la Agronomía en el fondo, con las luces de los trenes llenos de vino y de gente dormida. Ahí arriba es el panorama, un cielo abierto con nubes rojizas de verano, y el dibujo mercurial de las vías entre charcos de sombra; un Buenos Aires que empieza a adelgazarse despacio, a querer irse al campo, aunque falta todavía tanto para salir a lo abierto. Y desde lo alto del puente respirarás mejor y el cigarrillo será sabroso, y no te costará nada bajar por el otro lado y ver perderse en el fondo la Avenida San Martín llena de jardines y de árboles. Habrás tenido la vista privilegiada, habrás abarcado el cruce de las dos salidas elementales, las vías brillantes hacia los Andes y hacia el río, el pulso mal equilibrado del país. En cambio si echás a andar por las calles de abajo, andá a saber lo que te puede pasar y si no te valdría más quedarte entre la gente, del lado de los billares y las ensaimadas.Por esa razón, algunos eligen las calles de abajo después de medianoche, y no le piden nada a nadie, sencillamente se van andando por ahí y los tiene sin cuidado el panorama de arriba. Buscan como siempre un pasaje, y al llegar a las esquinas se quedan un rato indecisos como si esperaran una orientación que vendrá por capricho o no vendrá, y que acatarán o desobedecerán, hasta acabar de boca contra el paredón de una cortada, o ganándose el pavor de una bailarina que vuelve tarde del centro y sabe de casos. A fines de aquel verano, sin querer salir más con los amigos, Oliveira se largaba solo cuando no estaba de guardia en la clínica, y alguna vez llegó hasta el puente, se puso como a olfatearlo desconfiado, subió ocho o diez metros por la vereda de la izquierda viniendo del centro, pero no tardó en desandar camino y meterse por la calle de abajo donde parecía que fuera todavía más tarde e hiciera más calor. A esa hora se permitía despectivamente algunos fantaseos inspirados en La edad de oro, y toda calle desconocida, cuanto más angosta y solitaria mejor, le abría una esperanza de desembocar en algún territorio insólito, digamos Baltimore o la Place Monge.
Relaciona priista a #YoSoy132 con FARC
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Sergio Posadas, candidato priista a diputado por Tamaulipas, afirmó que las
FARC están involucradas con #YoSoy132 y que AMLO manipula al movimiento.
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